jueves, 30 de junio de 2016

FRANZ KAFKA... A LAS PUERTAS DEL CASTILLO DIVINO





 DE LAS PUERTAS DE UNA MÍSTICA QUE PERDIÓ LAS LLAVES


Manuel Fernández Espinosa


Dice Eliade, con la perspicacia que le caracteriza, que: "...tenemos que "desmitificar" los mundos y lenguajes de la literatura, las artes plásticas y el cine aparentemente profanos, para sacar a luz sus elementos "sagrados", aunque este carácter "sagrado" sea por supuesto ignorado o esté camuflado o degradado". 

En el caso de la obra de Franz Kafka eso "sagrado" que se añora y siente tan inaccesible no está ignorado, pero sí camuflado. Se ha leído a Kafka en muchas claves y no seremos nosotros los primeros en haberlo leído en clave religiosa (o, por mejor decir, en clave de religiosidad frustrada); ya Gershom Scholem, la máxima autoridad en esoterismo judío, apuntaba que en los escritos de Kafka se nos presentan -"reducidos al grado cero", dice Scholem- los impulsos místicos. "La nueva revelación que le ha sido otorgada al místico se presenta como clave de la revelación. Aún más: la clave puede perderse incluso, pero siempre queda el impulso infinito que acucia a buscarla".

La hermenéutica que de las novelas de Kafka se ha hecho por lo común ha enfatizado la dimensión más superficial: Kafka quedaría reducido, en esa interpretación, a un mero denunciador de una sociedad hiperburocratizada (así en "El proceso" o en "El castillo") en la que el hombre queda alienado ("La metamorfosis"). Y sin dejar eso de ser así, nos parece que no agota toda la profundidad -inconsciente o consciente- que aflora en la literatura de Kafka a través de todos los símbolos recurrentes de su obra: su preferencia por las puertas, por los pasillos, por las escaleras... Nos hablan de una búsqueda incesante; el despertar matutino de Josef K. en "El proceso" cuando irrumpe en su alcoba uno de los vigilantes que le han puesto como detenido por algo que ignora... O el despertar de Gregorio Samsa (en "La metamorfosis") a una nueva existencia como insecto, son algo más que el absurdo a primera vista de la alienación de la existencia, más bien nos ponen ante los ojos una revelación de índole inquietante y parece decirnos: ¿en qué nos hemos convertido por no disponer de las llaves que abren las puertas de lo trascendente

No se puede leer a Kafka como si no fuese judío, un judío secularizado por una educación muy poco judía: "Pero, ¡qué clase de judaísmo me has transmitido!" -le reprocha a su progenitor en "Carta al padre". Un judaísmo formal, en la línea del fariseísmo convencional. Y a diferencia de otros judíos en su misma tesitura, Kafka tiene la grandeza de despreciar cuantas falsedades han inventado otros judíos secularizados como él mismo: el freudismo es para él: "una nueva falsificación de la Verdad humana. Conduce a una manipulación de las almas". El marxismo es otra engañifa; a Gustav Januch, su amigo poeta, le dijo Kafka, mientras contemplaban una manifestación marxista por las calles de Praga: "Son dueños de la calle y se creen dueños del mundo. Y sin embargo se engañan. Detrás de ellos avanzan ya los secretarios, los burócratas, los políticos profesionales, todos esos sultanes modernos cuya subida al poder ellos están preparando. La revolución se evapora, y sólo queda entonces el fango de una nueva burocracia."

Kafka tuvo muy claro que: "La humanidad sólo se convierte en masa gris, informe y por consiguiente anónima, cuando prescinde de la ley (de Dios) que da las formas. Entonces ya no hay ni arriba ni abajo. La vida se degrada hasta no ser más que simple existencia. Entonces ya no hay drama ni lucha, sino simple desgaste de la matera, simple decadencia".

Las novelas de Kafka son complejas parábolas que, no pocas veces, incluyen a su vez otras parábolas. La conversación del protagonista de "El proceso" en la Catedral con un sacerdote (en el cap. IX de "El proceso") es un magnífico ejemplo. En la parábola que le cuenta el abate a Josef K. los grises burócratas que impiden el avance en el proceso -de índole espiritual- se convierte en uno, en un guardián místico que impide el paso, similar al "guardián del umbral", del que nos habla Rudolf Steiner: centinelas de una puerta exclusivamente franqueable a quien tenía que abrirla y que no pudo abrirse, por no disponer de la llave adecuada que era la resolución de entrar por ella (tal vez la actitud hubiera tenido que ser la del "salto" kierkegaardiano): "Nadie más que tú tenía el derecho de entrar aquí, pues ésta entrada sólo está hecha para ti: ahora me marcho y cierro" -le dice el vigilante de la puerta al moribundo que le pregunta en la agonía: "Si todo el mundo procura conocer la Ley, ¿cómo es que desde hace tanto tiempo nadie más que yo te he rogado que le dejes entrar?".

Las novelas de Kafka se inician siempre con frases poderosas:

"Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto". (La metamorfosis)

"Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido." (El proceso)

La mañana, después de la noche, trae el despertar: a una existencia gris e inconsciente se revela una "buena" mañana todo el sinsentido de su situación, toda la horrible monstruosidad a la que la pérdida de su ligazón "religiosa" con lo divino la ha precipitado. Todo lo demás será tratar de salir de esa situación, razonando y actuando.

La meta de todos los esfuerzos terrenos permanece inexpugnable, incluso envuelta en una tiniebla mística: "Ya era de noche cuando K. llegó. La aldea yacía hundida en la nieve. Nada se veía en la colina; bruma y tinieblas la rodeaban; ni el más débil resplandor revelaba el gran castillo. Largo tiempo K. se detuvo sobre el puente de madera que del camino real conducía a la aldea, con los ojos alzados al aparente vacío" ("El castillo".)

Se barrunta el misterio, pero éste permanece inaccesible a los ojos humanos, como el trono de Dios celado por la tiniebla de este mundo. Cuando se sabe que allí, encaramado en la colina, hay "castillo", miles de impedimentos terrenales y humanos -inexplicables, enigmáticos- impiden el acceso a él. Todas las vías de acceso se niegan. Es el hombre ante el misterio de Dios, el hombre que ha perdido (o no encuentra) las llaves de su casa como el borracho.

Kafka representa, como pocos escritores en el siglo XX, ese insaciable afán místico que se ve una y otra vez frustrado (véase "Un mensaje imperial")

A diferencia de otros judíos (como no pocos de la escuela de Husserl, el mismo Husserl o Henri Bergson) no parece que Kafka sintiera nunca la inquietud de convertirse al cristianismo, pero Vintila Horia va muy bien orientado cuando apunta que toda la angustia kafkiana puede explicarse por la falta de la clave de Jesucristo, pues desde el Nuevo Testamento: "Dios no infunde miedo, sino amor, el enemigo no es algo que hay que destruir sino que amar, el amor mismo es la ley de la vida y, a través de la figura de Jesucristo y de la Virgen, o tal vez de los santos, Dios es algo accesible. No está en ningún castillo, sino muy cerca, es alcanzable a través del ángel del amor. No sólo el amor entre el hombre y la mujer, aunque esto es también esencial, sino el amor directo, la comunión permanente, que nos ayuda a comprender, a justificar, a perdonar y a aceptar. Aquel salto Kafka no lo pudo dar nunca".

Kafka es más que un escritor: es un místico frustrado, alguien que sintió dentro de sí el impulso de descubrir a Dios y que no pudo hacerlo por permanecer en su nativo judaísmo secularizado. 

Sintió que había una puerta que, como la de "The Door in the Wall" de Herbert George Wells, no se franqueaba. Y vivió hasta el fin de sus días pensando que sería tarde para atraversarla. No podemos hacer más que tomar lección de su obra y rogar para que Dios se la abriera a la postre.

BIBLIOGRAFÍA

Obra completa de Franz Kafka.

Eliade, Mircea, "La iniciación y el mundo moderno", en "La búsqueda. Historia y sentido de las religiones".

Scholem, Gershom, "La cábala y su simbolismo". 

Steiner, Rudolf, "Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores".

Horia, Vintila, "Introducción a la literatura del siglo XX". 

Januch, Gustav, "Kafka me ha dicho".


jueves, 16 de junio de 2016

EROS Y SEXO SACRAMENTALES Y EROS Y SEXO EXACRAMENTALES






CUATRO LIBROS PARA EMPEZAR


Manuel Fernández Espinosa


En la encuesta que realizara José María Gironella, publicada bajo el título "100 españoles y Dios" (1969), Gironella le hace una pregunta a Juan Eduardo Cirlot: "¿A qué atribuye usted el hecho de que la Iglesia española se vea periódicamente perseguida por el pueblo de forma cruenta?". La respuesta de Cirlot identifica como causa principal de la persecución a la moral sexual predicada por la Iglesia: "El pueblo (el español sobre todo) -dice Cirlot- sufre sexualmente -y no será el estéril "erotismo" actual el que resuelva su problema y esto hace que muchos juzguen enemigo al sacerdote que aparta a la mujer de una actitud más libre ante el goce y el contacto humano."

Sinceramente no creo que ésta sea la razón principal que explique la persecución periódica que ha sufrido la Iglesia católica en España (hay, sin duda, intereses sectarios, ideológicos, políticos y económicos que considerar, entre muchos otros que pudiéramos elencar), pero sí que creo que lo que apunta Cirlot es, si no la causa principal, sí que uno de los motivos que demagógicamente más se esgrimieron por el anticlericalismo autóctono; recordemos las palabras de Alejandro Lerroux, cuando arengaba a las masas republicanas a: “levantar los velos a las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie" (palabras textuales del tribuno republicano del año 1906). Teniendo en cuenta esto, véase si conviene o no profundizar en un tema que nos ocupa desde hace meses: el Eros y la Religión y, en concreto, el cristianismo y el Eros.

Cuatro libros tenemos a la mano para aproximarnos (o alejarnos, que también) del asunto aquí y ahora de nuestra incumbencia, a saber: "Shiva y Dionisos. La religión de la Naturaleza y del Eros" de Alain Daniélou; la "Metafísica del sexo" de Julius Evola; "Eros y Religión" de Walter Schubart y "Deus caritas est" de Benedicto XVI. Vamos a comentarlos siquiera someramente, ofreciendo la idea que nos hemos hecho tanto de estos libros como de sus autores.

El primero de ellos "Shiva y Dionisos" de Alain Daniélou parte de unos presupuestos tan personales del autor que es conveniente saberlos antes de pronunciarse sobre la veracidad de cuanto nos ofrece. Alain Daniélou, hermano del teólogo y cardenal Jean Daniélou, terminó profesando el shivaísmo (al menos, así se nos presenta). Alain Daniélou, cuya madre era una piadosa católica que le rechazó por su conocida homosexualidad, alimentó un resentimiento personal contra el cristianismo (y, por extensión, contra todo monoteísmo); además de ello, sus quince años en India en compañía de su pareja sentimental (Raymond Burnier que, a la sazón, era un rico heredero de Nestlé)  no parece que sean suficiente aval como para que su libro tenga la garantía de ofrecernos una idea ajustada del shivaísmo según la realidad de esta religión, sino que el "shivaísmo" adquirido de Alain Daniélou pasó por el tamiz de sus particulares preferencias sexuales, poniendo lo que del shivaísmo quiso entender al servicio de la particular apología homosexual de su persona, mientras a la vez adulteraba la realidad religiosa del shivaísmo (para todo ello es interesante el artículo ¿Ha sido desenmascarado Alain Daniélou? de Vicente Merlo) Es por ello que tampoco podemos admitir las conclusiones de Alain Daniélou sobre la relación del cristianismo y el eros: todo lo que escribe está viciado de antemano, puesto que nace de una experiencia particular y traumática que no parece que superara nunca: el rechazo materno; asi que lo que Daniélou pudo decir sobre el sexo/eros en el cristianismo es -en el fondo- el producto de la rabieta de un hijo rechazado que provoca y denigra al catolicismo por entender que el catolicismo es la causa del rechazo que sufrió su autor por parte de su madre y culpa de la homosexualidad del hijo díscolo.

En el caso de Julius Evola nos encontramos ante una obra poco conocida que, eso sí, desmonta las interpretaciones psicoanalíticas que sobre sexo y religión han podido ensayarse, atreviéndose a cimentar lo que, como su título indica, sería toda una "filosofía primera" del sexo. Evola despliega su erudición -y no pocas veces su vigor polemista- en esta obra que debiera ser conocida, considerada y estimada más de lo que en el día lo es. Las fuentes de Evola para elaborar su "Metafísica del sexo" hay que ir a buscarlas al magnífico ensayo de Mircea Eliade "Mefistófeles y el Andrógino o el misterio de la totalidad" (allí encontraremos a Franz Xaver von Baader y a tantos otros que a su vez cita Evola), pero también podríamos decir que muy probablemente Evola hubiera podido leer "Religion und Eros" (1941) de Walter Schubart. Y aunque Evola cita a Eliade, silencia la obra de Schubart. ¿Por qué? Por la misma razón por la que "Metafísica del sexo" hubiera sido rechazada rotundamente por el mismo Walter Schubart, en caso de haber podido leer el libro de Evola: "Metafísica del sexo" estudia el eros (y el sexo) en las más diversas religiones, incluido el cristianismo, pero el interés evoliano no dejó nunca de ser de índole mágica y Schubart, como veremos, rechaza como forma desviada el uso del sexo y del eros con fines magistas. 

Walter Schubart no pudo leer "Metafísica del sexo" dado que el libro de Evola se publicó en 1958 y Schubart, después de haber sido deportado por los soviéticos, fue asesinado en 1942. Con todos sus defectos, el libro de Schubart -"Religion und Eros"- es uno de los que más aprecio nos merece en el abordaje de esta cuestión. La tesis de Schubart nos parece sumamente acertada: el divorcio entre el Eros y la Religión lo encuentra Schubart en el terror masculino ante la mujer; desde que la religión ha estado en manos del hombre se ha tratado de separar Eros y Religión hasta extremos ridículos y traumáticos para las civilizaciones que, de esa forma, han demonizado el sexo o lo han rebajado a la condición de mera reproducción de la especie, como -dijéramos que- un mal menor. Schubart no rechaza la ascesis, pero sí niega que la ascesis que renuncia al sexo sea la única vía de unión mística con Dios: Schubart piensa que el amor humano entre hombre y mujer también es una vía mística y el término "místico" para Schubart se distancia todo lo que debe distanciarse de afán de posesión sexual y poder mágico que en Evola están latentes y patentes. Es así que Schubart distingue en el curso de ésta obra entre dicotomías que le sirven para orquestar su sinfonía intelectual: "politeísmo" y "monoteísmo"; "avidez egoísta" y "amor real"; "magia" y "religión"; "religión natural" y "religión de salvación". En Jesucristo ve Schubart la reconciliación entre Eros y Religión y de Jesucristo parten las mejores contribuciones del cristianismo a la civilización universal: el cristianismo "elevó a la mujer al nivel del hombre y el hombre al nivel de Dios" o "La concepción cristiana del alma humana permitió, por vez primera, profundizar los problemas del erotismo hasta sus resoluciones en el absoluto", sin embargo Schubart reacciona contra las líneas ascéticas marcadas por algunos Padres de la Iglesia en su rigorismo para con las cuestiones eróticas y sexuales que más tarde afloran en el protestantismo sobre todo y en el catolicismo más mojigato. Schubart, como buen discípulo de Nietzsche, terminará apenas excusando que la línea ascética y anti-erótica del cristianismo la imprimirá San Pablo; aunque, como veremos abajo, esto no es hacerle justicia al Apóstol de las Gentes.

En nuestra opinión "Deus caritas est" de Benedicto XVI es un valiente alegato intelectual para defender al cristianismo de las acusaciones que desde, por ejemplo Nietzsche, se han lanzado contra el mismo como envenenador del "eros": "El cristianismo dio de beber veneno a Eros: -éste, ciertamente, no murió, pero degeneró convirtiéndose en vicio" ("Más allá del bien y del mal", IV, 168, F. W. Nietzsche); Benedicto XVI piensa muy acertadamente que "el eros ebrio e indisciplinado no es elevación, "éxtasis" hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre", por lo que se requiere "una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia". En definitiva, Benedicto XVI propone que frente a la degradación del eros en mero sexo, el eros se convierta en amor: "ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca".

La encíclica de Benedicto XVI es un gran paso adelante en la reincorporación del eros en la vida religiosa cristiana, pero creo sinceramente que hubiera podido ir más allá todavía, clarificando y poniendo el acento en la vía mística de la unión carnal entre hombre y mujer, consagrada en el Antiguo Testamento y vuelta a consagrar por el mismo Jesucristo en el Nuevo Testamento -y hasta por San Pablo (véase nuestro artículo La sacralidad del sexo). Comprendemos a Benedicto XVI en su encíclica: su principal objetivo era poner a salvo la dignidad del ser humano (en cuerpo y alma) frente a la avalancha de depravación que lo inunda en nuestros días y que lo esclaviza, pero hay que insistir más todavía si cabe en la vía mística del santo sacramento del matrimonio: vía mística que es, vuelvo a repetir, unión carnal, cópula sexual y nada de floristerías romanticonas y etéreas.


Está por desarrollar toda una doctrina sacramental que se reapodere de una vez por todas tanto del Eros como del Sexo también, arrebatándoselo a los modos deformantes de la magia y el pansexualismo inmanentista imperantes; y esto ha de hacerse cabalmente para que Eros y Sexo dejen de ser camino descendente a la desfiguración y degradación satánicas de "la imagen y semejanza de Dios" (que somos el hombre y la mujer) y puedan convertirse en fuerzas de ascensión a la mística unión con Dios.

Pero, claro, para esto hace falta superar muchísimas mojigaterías que nos han llevado a convertir nuestra religión en una serie de convenciones morales o en una simple ideología social. Y para superar todos esos lastres multiseculares hacen falta místicos que sepan discernir entre el eros y el sexo sacramentales (el perfectamente reincorporado a la vida cristiana) y el eros y el sexo exacramentales (el practicado en los rituales mágicos de las distintas sectas, desde el crowleyanismo hasta las formas occidentalizadas del tantrismo sexual, tan divulgadas por la Nueva Era). 

Y no será una filosofía humanista ni personalista, por muy cristiana que ésta sea, la que pueda hacer eso. 


NOTA:

El libro de Walter Schubart "Religion und Eros" lo hemos leído en su edición en portugués, traducción de Luiz Eduardo Brandao, Editora Artenova S. A. en coedición con el Centro do Livro Brasileiro, 1975. No existe, a día de hoy, traducción al castellano. 

Para una breve semblanza de Schubart, recomendamos: "Rusos y españoles: el "éon joánico" y el "hombre mesiánico"" y vuelvo a recordar que los pioneros en rescatar la obra de Walter Schubart para el mundo hispánico fuimos mi amigo Antonio Moreno Ruiz y yo mismo.

viernes, 3 de junio de 2016

LOS MISTERIOS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Sagrado Corazón de Jesús, del pintor italiano Giovanni Gasparro


REINARÉ EN ESPAÑA


Manuel Fernández Espinosa

Para España la adoración-devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es una devoción más. No puede serlo. Y cualquier otra apreciación sobre este asunto indica la ignorancia y desinformación que sobre esta cuestión fundamental nos ha sido inculcada por estructuras del todo ajenas a la verdadera Iglesia Católica y a nuestro destino nacional. España será menos, incluso dejaría de ser y no sería nada, si no recupera la misión que le está encomendada y esa misión es religiosa: está indisociablemente unida al Sagrado Corazón de Jesús. Mientras que España persista en su desvío, nada puede esperarse; mientras no atienda a su designios providenciales como nación católica consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, España no puede esperar otra cosa que este castigo que hoy sufre: ser una nación sierva, cautiva y colonizada, estar enajenada, desconocerse a sí misma, estar paralizada para la misma auto-defensa y la conquista de cualquier bien. Y no hay más. Otra cosa es engañarse con camelos politizantes que son ni pan para hoy, pero cierta hambre y muerte para mañana.
Es por ello que continuamos esta serie para que nos devuelva la memoria secuestrada y la conciencia perdida, para que sirva como anámnesis de una nación que desde, aproximadamente el año 1970, ha dejado de ser ella misma (el año lo podríamos discutir; personalmente, incluso lo pondría en los años finales de la década de los 50 del siglo XX; pero no es ahora cuestión de discutir ni yo estoy aqui para dialogar). La importancia que adquiere el Sagrado Corazón de Jesús para la renacencia de nuestra nación no puede, bajo ningún concepto, minusvalorarse. Y al hilo de ello (que nos parece una cuestión más urgente que contar votos o voluntades de voto) vienen estos aproches.
Muchos pueden extrañarse cuando abogo abiertamente por la "disciplina del arcano" (también llamada "ley del secreto"). Es una de las propuestas, a mi juicio, más óptimas del Hieron du Val d'Or y de cuantos han seguido sus pasos. Y es el desconocimiento de nuestra tradición lo que impide hallar el sentido de esta reclamación. Si tuviéramos presentes las palabras de San Agustín (y las entendiéramos), tal vez lo que digo sería menos traumático para el cándido (habituado a declarar y manifestar sus posiciones sin prudencia ninguna, con esa tontería sublime de cuantos se creen vivir en la España católica de Felipe II o en la mismísima Nueva Jerusalén post-apocalíptica). Esa candidez columbina de los católicos de pitiminí, esa que tanto despreciaba nuestro gran Baltasar Gracián (fundado en palabras evangélicas), esa candidez, digo, reina hoy sobre los católicos convencionales. Y bueno sería que algunos volvieran sus ojos a lo que nos dice San Agustín: "El que desea, pues, tener corazón sencillo y limpio, no debe creerse culpable si oculta alguna verdad a quien no está en estado de comprenderla. Y no por eso debemos pensar que es lícita la mentira: pues no se sigue que hay mentira cuando se oculta la verdad". Dar las perlas a los marranos y las cosas santas a los perros, como nos recuerda San Agustín, no afecta a lo santo, dado que "Santo es aquello cuya violación o profanación es delito, cuyo simple conato o voluntad de cometerlo se considera culpable, aunque lo que es santo continúe, por su naturaleza, incorruptible e inviolable" (San Agustín, "El Sermón de la Montaña"). Y, en efecto, cuantos tienen "corazón sencillo y limpio" estarán de acuerdo conmigo en que se frustra todo apostolado cuando damos lo santo a los perros y las perlas a los marranos.
En este sentido, la adoración-devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es una devoción más, como la que pudiéramos tenerle a San Roque o a su perro sin rabo. Y en el caso especial de España, el Sagrado Corazón de Jesús adquiere una dimensión que o se recobra o será impensable recuperar el catolicismo de nuestros ancestros, que fue lo único que nos hizo grandes; pues todo lo demás está por ensayar, de lo único que tenemos experiencia empírica es que España fue fuerte, estimada o temida, cuando fue la católica España. La España de "Podemos" puede ser (y sería) tan impotente como impopular es la España del Partido Popular. Solo los idiotas se dejan engañar; los que tenemos conciencia histórica, pese a todas las trabas y adversidades, contra toda esperanza, sabemos a lo que estamos vinculados y a lo que nos atenemos y no queremos gato por liebre.
En la Iglesia los dogmas tienen su propia evolución, como bien demuestra el libro del dominico R. P. fray Emilio Sauras, "La evolución homogénea del dogma católico". Esto significa que todo lo revelado está en una función dinámica que hace que muchas verdades implícitas, no sean descubiertas y admiradas en plenitud hasta su perfecta definición y proclamación. Así fue con el dogma de la Inmaculada Concepción de María (definido el año 1854) o con el dogma de la Asunción de Nuestra Señora a los cielos en cuerpo y alma (proclamado por aquel santo Pío XII en 1950). El Sagrado Corazón de Jesús no es un dogma, pero bien lo define el P. González Arintero, cuando escribe: "Así vemos cómo aparecen con el tiempo tantas y tan fecundas devociones y prácticas, que brotan en el momento oportuno y que saliendo de una misteriosa palabra del Salvador, como de un germen de vida, vienen a desarrollarse con un esplendor increíble, levantando el espíritu cristiano y satisfaciendo a una gran necesidad en la Iglesia. Esto es lo que hoy sucede con el creciente culto al Sagrado Corazón de Jesús, fuente de tantas bendiciones" (R. P. fray Juan González Arintero, "Desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia").
En lo que hace al Sagrado Corazón de Jesús es bien cierto, como afirma Juan María Laboa, que: "Con San Juan Eudes se da el tránsito de la devoción privada, prevalente hasta entonces, al culto litúrgico", pero testimonios muy primitivos nos remiten a la antigüedad de esta verdad tan amada por la verdadera Iglesia. Mucho antes de San Juan Eudes (1601-1680) y de Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), entre los Santos Padres de la Iglesia y otros bienaventurados medievales, el Sagrado Corazón de Jesús fue intuido: así la gran mística alemana Santa Gertrudis (1256-1302) tuvo una visión de Nuestro Señor Jesucristo que le permitió reposar la cabeza en el pecho y, al escuchar el palpitar de su Corazón, Santa Gertrudis se volvió a San Juan y le preguntó si le había escuchado lo mismo cuando la Última Cena, a lo que San Juan le respondió que sí, pero que la revelación del Sagrado Corazón de Jesús estaba reservada para el porvenir. Y así fue, con San Juan Eudes y, sobre todo, con Santa Margarita María de Alacoque.
San Juan Eudes distinguía tres corazones de Jesucristo: el corporal, el espiritual y el divino. En el corazón divino estaba el amor increado esencial, que también es el Espíritu Santo. Las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque serían tema para otro artículo, lo que aquí nos importa resaltar es el impacto de la adoración-devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España. Aunque la revelación del Sagrado Corazón de Jesús tuviera como escenario Paray-le-Monial, el Sagrado Corazón de Jesús caló en la España de principios del siglo XVIII. El primero de sus apóstoles fue el P. Sebastián Mendiburu (Oyarzún, 1708-Bolonia, 1782) que fue el primero en escribir sobre el Sagrado Corazón de Jesús y en eusquera. En 1747 publicaba "Jesusen Biotz maitearen debozioa" y en 1760 su "Jesusen amore-nekeei dagozten zenbait otoitz-gai". Los jesuitas vascos, víctimas de la miserable persecución a la que el regalismo, el jansenismo y la masonería ilustrada los sometió, serían los más denodados paladines del Sagrado Corazón de Jesús. Junto al P. Mendiburu hay que poner al también ignaciano y hernaniarra P. Agustín de Cadaveraz y Elgorriaga (1703-1770). El P. Cadaveraz fue el primer español en predicar sermón sobre el Sagrado Corazón de Jesús, haciéndolo en la Octava del Corpus de 1733 en Bilbao. Tanto el P. Mendiburu como el P. Cadaveraz pasaron a mejor vida en tierras extrañas, expulsados de España como hijos de San Ignacio por gobiernos impíos y masonizantes. Pero su heróico esfuerzo merece ser recordado como predecentes de lo que sería el culto al Sagrado Corazón de Jesús en España. Los dos santos varones vascos eran anuncio de la predilección de Cristo Rey por España, sin embargo, aunque jesuita también, sería un joven vallisoletano, el P. Bernardo Francisco de Hoyos y de Seña (1711-1735), el que recibiría de Nuestro Señor Jesucristo las más halagüeñas promesas de su Sagrado Corazón. Celoso por la expansión del culto al Sagrado Corazón de Jesús en España y la España de Ultramar, el P. Hoyos rezaba fervientemente y el 14 de mayo de 1733 sus oraciones tuvieron la gran consolación de la confirmación de Jesucristo Nuestro Señor, recibiendo la privilegiada revelación que tiene una dimensión católica y nacional de proporciones inusitadas, es lo que se conoce entre los entendidos como la REVELACIÓN DE LA GRAN PROMESA: "Dióseme -escribió a su confesor- a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí sólo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos, y pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aun memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: "REINARÉ EN ESPAÑA, Y CON MÁS VENERACIÓN QUE EN OTRAS MUCHAS PARTES".
Aquí tenemos los españoles, sin duda ninguna, la confirmación de la elección de nuestra nación por Cristo. El "Reinaré en España" se convirtió en el pensamiento rector de las muchedumbres piadosas que formaban nuestros antepasados y la gratitud, señal de correspondencia fiel a Dios, no desapareció en cientos de años. Fruto de ello, entre muchas más bendiciones, fue la Basílica Menor y Santuario Nacional de la Gran Promesa en Valladolid. No sería el único santuario expiatorio de nuestro territorio nacional consagrado al Sagrado Corazón de Jesús: a principios del siglo XX se erigiría el del Cerro de los Ángeles (en Getafe, Madrid), sobre la misma ermita de Nuestra Señora de los Ángeles (del siglo XIV; en el corazón de España se entronizaba el centro de todas las cosas: el Sagrado Corazón de Jesús) y a principios del siglo XX, el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón del Tibidabo en Barcelona.
En la segunda mitad del siglo XIX los carlistas empezaron a ostentar sobre el pecho el "Detente", como lo habían llevado los chuanes franceses. Parece que el "Detente" empezó a emplearse, a instancias de una monja del convento de la Visitación de Marsella, cuando la peste asoló esta ciudad en el año 1720. Posteriormente se empleó por los contra-revolucionarios vandeanos y llegó a nuestros carlistas que lo prendieron en su pecho, como sagrado emblema refractario a las balas y, a pesar de los escépticos, se cuentan milagros incontables hasta en nuestros días. Sin embargo, recordemos que el uso del Sagrado Corazón de Jesús es incluso anterior a Santa Margarita María de Alacoque, en la bandera de los Peregrinos de la Gracia (católicos ingleses que se alzaron contra la apostasía) ya aparece una primera versión que ostentaba la Corona de Espinas, las Cinco Llagas de Cristo, un Cáliz (o un Corazón Sangrante) y una Hostia y el lema IHS.
España entendió muy pronto que su supervivencia y su mismo ser dependía del Sagrado Corazón de Jesús. Por eso, en el último año del siglo XIX estalló una verdadera y olvidada batalla por el Sagrado Corazón de Jesús.
Cuando Su Santidad León XIII promulgó la Encíclica "Annum Sacrum" el 25 de mayo de 1899, para consagración de toda la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús, recomendaba que toda la Cristiandad tuviera especial esmero en dedicar los días 9, 10 y 11 de junio de aquel año 1899 aplicando oraciones y rogativas en el templo principal de todas las ciudades, villas y lugares. Nuestros antepasados se tomaron muy en serio aquella petición del Santo Padre y se aprestaron a propagar el culto al Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, la minoría intolerante y fanática del masonismo organizado pronto convirtió aquella expresión de la piedad popular en una confrontación entre la verdadera España y la España bastardeada de extranjerismo. Los primeros incidentes se produjeron en Cádiz, cuando los anticlericales arrancaron de las paredes algunas de las placas del Sagrado Corazón de Jesús que habían colocado en sus fachadas los católicos gaditanos. En Castellón, a finales de julio, los provocadores embadurnaron de alquitrán las placas del Sagrado Corazón de Jesús. Los católicos de Castellón respondieron y la alcaldía (mayoritariamente republicana) prohibió las placas de cualquier signo. Manuel Bellido, representante tradicionalista, el vicario de San Miguel y otras personalidades católicas castellonenses desobedecieron el bando municipal y las autoridades civiles reclamaron a los cuerpos de seguridad para que, por la fuerza, hicieran cumplir su bando: choques, altercados, confrontaciones, detenciones fue lo que siguió a las medidas represivas de la falsa democracia laicista y antiespañola. Se realizaron funciones religiosas de desagravio y los choques continuaron, mientras el conflicto se extendía a Vinaroz, Alcora, Badajoz, Barcelona, Burriana, Cartagena , Oviedo, Pamplona, Puerto de Santa María, Salamanca, Santander, Sevilla, Tortosa, Valencia y Zaragoza: España luchaba por el reinado de Cristo, no dialogaba. Era así como concluía ese calamitoso siglo XIX, dominado por la miseria extranjerizante y liberal, hostil al catolicismo español.
Durante el siglo XX, el Sagrado Corazón de Jesús sería enseña de la España católica y tradicional. En las puertas de las casas, en el interior doméstico, en el pecho, en la solapa, en todas partes, los católicos españoles entronizarían al Deífico Corazón de Jesús, firmes en la esperanza de aquella Gran Promesa dada al bienaventurado P. Hoyos: "Reinaré en España". En las postrimerías del franquismo este culto católico declinó, pasando de lo público a lo privado: no es extraño que con él también declinara el orden social y la pureza de las costumbres.
El rescate del culto al Sagrado Corazón de Jesús Cristo Rey puede resultar hoy incómodo a un clero que ha jugado durante mucho tiempo a demócrata, olvidando que el carácter de la verdadera Iglesia es monárquico. Pero España no podrá volver a ser España sin que Él reine. Conviene mucho que los católicos nos convenzamos de la urgencia de rescatar este culto y hacerlo visible, caiga quien caiga, para poder reconquistar la vida pública, pues dedicarse a lo privado es la mejor manera de permitir que los malvados reinen en lo público.
"Reinaré en España" no es una promesa que se hizo en 1733 y que en el siglo XXI haya perdido vigencia. El Verbo de Dios, en su Realeza y Sacratísimo Corazón, no pierde ni perderá nunca vigencia, pues el Espíritu Santo a través de San Pablo lo dijo bien claro:
"Christus heri et hodie, ipse et in saecula"
"Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Heb 13, 8).


OTROS APROCHES:


domingo, 8 de mayo de 2016

SAN COSME Y SAN DAMIÁN: ADELFOPOIESIS




HERMANOS JURADOS Y SANTOS FÁLICOS


Manuel Fernández Espinosa
 
 
 
Fue hace poco que un buen amigo me comentó el estupor que sintió su señora madre cuando, en el curso de un viaje por el Mediterráneo (no sé ahora en qué país), pudo escuchar de boca de una guía turística que los Protomártires y Santos Médicos Cosme y Damián, los Anárgiros, eran -al decir de la cicerone- una pareja de homosexuales. Se da la situación de que San Cosme y San Damián son los santos patronos de nuestro pueblo desde 1580 (así que imagínese el lector que esto tenía que quedar contestado), amén de patronos de médicos, cirujanos, boticarios y barberos.
 
Estamos, otra vez, ante la grosera e hipersexualista lectura de un tema poco conocido y que está siendo esgrimido por los homosexuales (sobre todo llamados cristianos): la "adelfopoiesis" (en latín "fraternitas iurata"). El teólogo ortodoxo ruso Pável Florenski aborda este asunto en su Carta 11, titulada "La amistad" que forma parte de su espléndido libro "La columna y el fundamento de la verdad": es allí donde expone toda la teoría del amor cristiano y remonta la "adelfopoiesis" a los mismos tiempos apostólicos:
 
"Vuelvo a la idea de aquella amistad entre dos que encontró su realización en medio de los discípulos de Cristo, y recuerdo de qué manera esta vinculación entre dos se expresaba en su distribución de dos en dos con vistas a la predicación. Esta amistad constituía un asunto vital, y no una colaboración pasajera y fortuita entre dos camaradas o simplemente compañeros de camino; esta estabilidad de las relaciones entre dos amigos aparece claramente indicada por la asociación, firmemente establecida, de los nombres de los apóstoles en grupos de dos".
 
Y apunta más todavía:
 
"Es indudable el fenómeno del número par de las personas portadoras del Espíritu".
 
Florenski detalla el ritual de la "confraternización eclesial" (la adelfopoiesis): no se trataba de ningún "matrimonio homosexual" como quieren dar a entender algunos interesados en ello. El mismo Florenski estaba vinculado por la "fraternitas iurata" al matemático Nikolai Luzin y ambos tenían a sus respectivas esposas, estando su heterosexualidad fuera de cualquier duda.
 
Fue el activista homosexual John Boswell (1947-1994) el que empezó a darle a la "adelfopoiesis" una interpretación homosexualista, con su libro "Same-sex unions in premodern Europe" (publicado también como "The marriage of likeness".) La adelfopoiesis no implicaba una relación homosexual, ningún ayuntamiento carnal entre los confraternizados, pero sí que pudiéramos aventurar que esta costumbre tan remota se tuvo que abolir debido a la corrupción a la que derivó en algunos casos. Se trataba más bien de una ceremonia que sellaba la hermandad entre dos personas del mismo sexo, sí: pero unidas por el vínculo de la amistad en principio casta y en el espíritu del Evangelio, cosa muy distinta es que pudiera haber homosexuales que aprovecharan esta institución para encubrir su relación bajo este "sacramental" y, si así lo hicieron, cometieron sacrilegio. Esta institución de la "confraternización jurada" no puede leerse, como quería Boswell, como indicio de tiempos más tolerantes en la historia del cristianismo para con los homosexuales, y tampoco puede extenderse la sombra de sospecha sodomítica sobre los santos pares.

Cosme y Damián muy probablemente fuesen maestro y discípulo hermanados por la "fraternitas iurata" y de ahí que la tradición los repute como hermanos, pero hermanos por vínculos sagrados, no consanguíneos. Su vínculo sagrado no comportaba ningún tipo de relación contranatura.
 
La antigüedad de los Santos Cosme y Damián (fueron martirizados en el año 300) es suficiente como para que cualquier activista homosexual pueda fabular, en su afán de justificación social, una historia aderezada con todos los elementos morbosos que quiera inventar. La desinformación común del cristiano medio podría incluso admitir todas las patrañas que puedan inventarse, pero no será por nuestro silencio.
 
Aprovecho para decir también que San Cosme y San Damián forman parte de un conjunto de santos llamados "fálicos" que formaban una larga nómina del santoral y que eran intercesores a mano de todo varón que presentara problemas concernientes a sus órganos sexuales y a su potencia sexual, a la vez que santos de la fertilidad a los que se encomendaban las mujeres que querían ser fértiles. Entre estos santos fálicos cabe mencionar a San Faustino, San Guignolé, San Gréluchon. Según Walter Schubart: "esos santos aseguraban la fecundidad de las mujeres, estimulaban a los maridos y a los amantes apáticos y curaban a los amantes desventurados de las dolencias venéreas". Cuenta el mismo Schubart que en Osternaria "los propios sacerdotes vendían falos de cera de los Santos Cosme y Damián". Téngase también en cuenta el carácter apotropaico del falo, tan antiguo como la humanidad.
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
 
"La columna y el fundamento de la verdad", Pável Florenski.
 
"Religion und Eros", Walter Schubart

viernes, 29 de abril de 2016

SACRALIDAD DE LA MUJER PRIMORDIAL

En la imagen, la actriz italiana Maria Grazia Cucinotta




"Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que
es el más peligroso de los juguetes."
 
Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratrustra



LO SAGRADO FEMENINO


Manuel Fernández Espinosa



El feminismo más radical de nuestros días no puede entenderse si no es en clave esoterista. Es por eso que algunas feministas reivindican la mítica figura de Lilith (demonio femenino de origen mesopotámico que, en el exilio babilónico, los judíos incorporaron a su acervo.) Pero no vengo aquí a hablar de Lilith, para saber sobre ella puede leerse el libro "A la sombra de Lilith: en busca de la igualdad perdida" de Carmen Posadas y Sophie Courgeron que recupera este personaje demoníaco como icono del feminismo.
 
No obstante, como todo mito, el de Lilith envuelve una verdad que se nos escurre de los dedos si entendemos estos asuntos con el prejuicio parcial y reduccionista del moralismo que ha imperado durante tantos y tantos siglos en el cristianismo (y en los movimientos reaccionarios que contra él se han erguido, como el mismo feminismo radical). Como muy oportunamente señala Walter Schubart: "En la medida en que procura prestar alguna nobleza al eros, el hombre moderno reduce el amor a un culto a la belleza, del mismo modo que reduce la religión a un sistema moral". Un personaje femenino de Gustav Meyrink venía a coincidir con Walter Schubart, al expresarse en una de sus novelas así: "Cuando les quería explicar que lo importante -lo esencial- para mí en la Biblia y en las otras escrituras sagradas era el "milagro" y sólo el milagro, y no las normas de ética y moral, que no pueden ser más que caminos ocultos para llegar al verdadero milagro -sólo sabían responderme con lugares comunes, pues temían confesar que lo único que creían de las escrituras religiosas podía estar exactamente igual en los libros de leyes civiles".

 
Es por ello que, dejando a un lado la siniestra naturaleza de Lilith como demonio femenino, lo que constituye un dato que nos parece destacable es que, en este ancestral mito, se pone de relieve que la condición de la mujer es de orden preternatural, entralazándose en ella lo natural y lo preternatural -y, como veremos, este dato es recurrente en multitud de mitos que nos tratan de explicar la génesis de la mujer.  En el siglo XVIII todavía resuena ese demonismo de la mujer en la preciosa novela de Jacques Cazotte, "El diablo enamorado", donde no es que la mujer sea una diablesa, sino que es el diablo el que se convierte en mujer para enamorarse.
 
Por ser parte de nuestra tradición religiosa nos conformaremos con aludir al archisabido relato del pecado original, cuando Eva (la madre de los vivientes) sucumbe a la tentación de la serpiente en el paraíso. El recordatorio de este relato del Génesis se ha convertido en un arma arrojadiza del feminismo contra el cristianismo: el cristianismo -dicen- culpa a la mujer del mal en el mundo. Aunque el relato pertenece al Antiguo Testamento y es compartido con el judaísmo, al judaísmo no se le acusa con tanta insistencia por lo mismo. Y lo que es peor, los mismos que denuncian al cristianismo de misógino, prefieren olvidarse del protagonismo que el mismo cristianismo (al menos en su vertiente catolica y ortodoxa) ha adjudicado a la Mujer en la Santísima Virgen María que, además de todos sus sublimes títulos dogmatizados, recibe el culto de hiperdulía (veneración por encima de los ángeles y de los santos varones).
 
Pero, si salimos del marco judeocristiano, los mitos clásicos del origen de la mujer no tendrían, desde el punto de vista común, una mejor concepción de la mujer. Atendamos, para mostrarlo, al relato mítico de la creación de la mujer en el mundo griego.
 
Aquí nuestra fuente será Hesíodo. Éste nos proporciona el precioso mito de la creación de aquella que será la antepasada de "la estirpe de femeninas mujeres" y lo hace en dos lugares: en su "Teogonía" y en "Trabajos y Días". En la "Teogonía" hesiodea la mujer se nos presenta creada como castigo de Zeus a los hombres, por la cólera que en el dios olímpico desata ver que Prometeo ha dado el fuego a los hombres. En los "Trabajos y Días" se amplían los datos sobre los dones que le otorgan los dioses a la mujer primigenia y se nos revela el nombre de la misma: Pandora, la que abrirá la caja que contiene las calamidades todas que se esparcirán por la redondez de la tierra. No la crea Zeus, sino que éste le encarga a Hefesto que la haga de tierra, modelándola a manera de "imagen con apariencia de casta doncella" (lo de "apariencia de casta" no nos parece que haya que dejarlo correr). Todos los dioses, en los "Trabajos y Días" conceden un don a la mujer primordial, pero esa obsequiosidad es para perdición del hombre.
 
En la "Teogonía" Atenea le da a la mujer el ceñidor y un vestido blanco; en los "Trabajos y Días" se añade que "las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera". Hefesto no se conforma con modelarla sino que le ciñe una corona hecha por él mismo, en la que Mulciber ha labrado "numerosos monstruos, cuantos terribles cría el continente y el mar". A todo ello, en "Trabajos y Días", Hesíodo añade que Hermes, "configuró en su pecho [se entiende que en el de la mujer] mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan".
 
En la "Teogonía", una vez creada la mujer, ésta es presentada a los dioses y a los hombres, causando estupor. La mujer primordial es vista como un "engaño, irresistible para los hombres. Pues de ella desciende la estirpe de femeninas mujeres". La conclusión es que "...así también desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas". Y, desde aquel día, el hombre no podrá burlar el castigo: si un varón no se casa, será un desgraciado, si se casa con una "desvergonzada, vive sin cesar con la angustia en su pecho, en su alma y en su corazón; y su mal es incurable"... Y no es mejor la suerte del que se casa con mujer sensata, pues "durante toda la vida, el mal equipara constantemente al bien".
 
La mujer resulta ser, así, una mezcla de encantos dulces que encubren los daños para quienes sucumben a ella, algo inexorable para los hombres (y, en la Biblia, hasta para los ángeles*). La percepción que se obtiene de la mujer a través de la mitología griega coincide con las pesimistas enseñanzas de los libros sapienciales veterotestamentarios: "Y hallé que es la mujer más amarga que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras." (Eclesiastés 7, 26)
 
En los mitos más ancestrales la caracterización de la mujer es, como vemos, bastante negativa a simple vista. Es difícil que los contemporáneos puedan asimilar tamaño rigor y severidad como el que estos relatos muestran hacia la mujer, a la que no se le hacen concesiones. Lo más fácil para un contemporáneo es calificar estos juicios como algo obsoletos y profundamente misóginos, alguno ya podrá tener incluso a mano el vocablo de "patriarcado" para evitarse ahondar en lo que en estos textos podemos leer. Y es que, cuando atendemos a estos mitos es fácil incurrir en el error de interpretarlos groseramente, como hace el feminismo más ramplón que inmediatamete denunciaría una misoginia constitutiva en las religiones más diversas, pudiendo incluso tratar de explicársela desde el "patriarcado opresor". Es frecuente encontrarse con eslóganes, artículos y ensayos que enfatizan la misoginia del cristianismo, acusado de machista con los más peregrinos argumentos, pero la realidad es que, mucho más que el cristianismo, los sistemas religiosos más ancestrales, desde los indoeuropeos hasta los semitas, mostrarían esa presunta misoginia que no lo es, por ser otra cosa.
 
Lo que verdaderamente hay en estos relatos míticos del origen de la mujer primordial (culpada de ser demoníaca, como en Lilith; de caer en la tentación demoníaca, introduciendo el pecado, como Eva; de ser creada para castigo del hombre y causante de la propagación de las calamidades por su irresistible curiosidad, como Pandora), ¿puede zanjarse con las obtusas categorías del feminismo predominante?
 
Me parece que no. Sería demasiado fácil y las explicaciones fáciles nunca me han convencido. Estamos más bien ante un misterio, un misterio que tiene mucho que ver con lo que no es, ni más ni menos, que la divinidad de la mujer. Se trata, por lo tanto, de un reconocimiento (por mucho que nos suene a poco galante y, todavía menos, nada romántico): el reconomiento que el hombre hace de algo que a la vez fascina y aterroriza: lo sagrado en la Mujer, la misma sacralidad de la Mujer. A diferencia del hombre, por encima de él incluso, la Mujer es un don divino y, como divino, es algo incontrolable, insondable, impredecible, incondicionado... De ahí la irresistible fascinación que la Mujer ejerce sobre el hombre, a la vez que éste no puede sustraerse al terror y temblor que produce la peligrosidad que entraña esta criatura a la que, en condiciones de normalidad espiritual y fisiológica, se siente por naturaleza atraído sin que nada pueda remediarlo. Muchos casos de homosexualidad masculina pudieran hallar su explicación en el terror ante el misterio inescrutable y divino de la Mujer.
 
Recordemos a Walter Schubart a quien lo traíamos a colación más arriba: ni el amor puede reducirse a un mero culto de la belleza, ni la religión puede quedar agotada en un sistema moral. No reduzcamos tampoco la Mujer a lo que la quieren reducir las moderneces insustanciales y delirantes, pues la Mujer es parte de lo divino que, sacralmente, crea y destruye. 
 
............................
 
*Me refiero aquí a los "Grigori" de los libros de Enoc (los ángeles Vigilantes, cuyo caudillo era Samyaza) que se enamoraron de las hijas de los hombres, tomándolas como esposas, por lo que se atrajeron la maldición de Dios (a ello se alude en Génesis 6).
 
BIBLIOGRAFÍA:
 
Sagrada Biblia, Nácar-Colunga.
 
Teogonía, Hesíodo.
 
Trabajos y Días, Hesíodo.
 
Religion und Eros, Walter Schubart: edición en portugués, "Eros e Religiao".
 
El Golem, Gustav Meyrink.
 
El diablo enamorado, Jacques Cazotte.

viernes, 22 de abril de 2016

EL DIOS QUE DANZA


San Pascual Baylòn


Manuel Fernández Espinosa


"Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar" -decía desafiante Nietzsche en "Así habló Zaratustra". Muy convencido estaba el filósofo alemán de que Dios -el Dios de los cristianos, por supuesto- no bailaba; y a buen seguro que así se lo hicieron creer sus compatriotas protestantes, siempre tan envarados y puritanos ellos. 
 
La danza es una de las expresiones religiosas más antiguas que surge, como la música y el cántico, de la verdadera fuente de toda religiosidad sana: la alegría y la gratitud por la existencia. Danzas sagradas se han realizado (y siguen realizándose) en todas las religiones: baste pensar en los cultos dionisiacos y en el hinduísmo tenemos a Shiva, al que se le llama "Nataraja" (el rey de la danza); no olvidemos tampoco la popularmente conocida "danza de los siete velos", cuyos orígenes parecen remontarse a la más remota antigüedad y que tiene un sentido religioso (y no es un vulgar destape como malentiende el occidental, irredento en su ignorancia) o a los derviches giróvagos.
 
En cambio, en el marco del cristianismo la danza siempre ha suscitado la suspicacia del clero más puritano que la condenaba sin ambages como invención del mismísimo diablo. La actitud de estos cristianos, contrarios a la danza, no se halla en el mismo cristianismo, sino que encontraba sus antecedentes en la gravedad romana precristiana: ya había dicho Cicerón que sólo un loco podía ponerse a bailar y, con anterioridad a Roma, en la antigua Grecia los hombres más serios consentían que mujeres y niños bailaran, pero censuraban a los bailarines varones como homosexuales pasivos y uno de los peores insultos era llamar a un hombre "cinaedus" (danzante en su origen, pero pronto sinónimo de sodomita).
 
Con esa mala fama que envolvía a la danza entre los paganos más severos no era de extrañar que el apologeta cristiano Tertuliano censurara la danza, entre otras diversiones, por entenderla como expresión de vida disipada e indecente para el cristiano; pero también merece recordar que la razón por la que Tertuliano (y, con él, otros antiguos autores cristianos) condenaban las danzas de su tiempo era en gran medida por ser estos bailes no otra cosa que "danzas sagradas" que se ejecutaban como parte del culto a dioses paganos como Astarté. Sin embargo, hay que tener presente que -como advertía el recientemente fallecido José María Blázquez- con el correr del tiempo todas las danzas -en su origen sagradas- tienden a desacralizarse, perdiendo su carácter religioso original y vienen a profanizarse, reducidas a lo que se convertirá en no otra cosa que mera expresión lúdica (José María Blázquez, "Mitos, dioses, héroes, en el Mediterráneo antiguo").
 
No obstante, pese a los dicterios pronunciados por tantos doctos varones de la Iglesia, la danza no pudo erradicarse de la vida de las comunidades y el cristianismo también tuvo, aunque menos conocidas, sus expresiones coreográficas sacras: por ejemplo, los especialistas afirman que en el "Llibre Vermell de Montserrat" (recopilación de cánticos dedicados a la Virgen) había tres danzas rituales que ejecutaban en círculo los peregrinos en el interior del templo: "Stella Spledens", "Los Sets Goigs" y "Polorum Regina" (Artemis Markessinis, "Historia de la danza desde sus orígenes"). Y no olvidemos tampoco las danzas eucarísticas que, bien en los atrios de los templos o en su interior, ejecutaban lo mismo niños que hombres recios y derechos. Sin embargo, muchas de ellas (en algún momento podríamos pensar que todas) fueron prohibidas por la susceptibilidad del clero mas reacio a las diversiones públicas en virtud de la "democratización del ascetismo".
 
Me atrevo a llamar "democratización del ascetismo" a una de las peores desviaciones de la praxis eclesiástica que, operando sociológicamente sobre el erróneo supuesto de que todos somos "iguales", extiende los rigores de la ascesis a todos los fieles (y si no la ascesis activa, consigue imponer siquiera exteriormente la adustez general). ¿Qué parte de la bienaventuranza de Jesucristo no entendieron (y no entienden algunos) cuando el Divino Maestro dice: "Estad alegres y contentos"? Por eso, a Dios gracias, siempre hubo santos que se salieron del guión de los amargados amargantes y ahí tenemos a San Pascual Baylón (franciscano tenía que ser) del que, se dice, la oración lo llevaba a lo que pudiéramos interpretar como un éxtasis danzarín; que de ahí su sobrenombre de "Bailón".
 
Como toda expresión cultural, las danzas tienen su última razón de ser en lo religioso, aunque -será conveniente recordar que, como afirmaba José María Blázquez, toda expresión religiosa tiende con el tiempo a desacralizarse y esa es la verdadera razón de su corrupción: que se hace profana y lúdica.
 
Pero el correctivo a la corruptela de cualquier tradición nunca ha sido prohibirla, sino re-crearla y re-sacralizarla: tanto a la tradición como a la danza.

jueves, 14 de abril de 2016

Y EN LA PIEDRA UN NOMBRE NUEVO ESCRITO


Jacob lucha con el Ángel del Señor

RECOBRAR EL SENTIDO METAFÍSICO DE LA PALABRA "VIRTUD"
Manuel Fernández Espinosa

"Qui habet aurem, audiat quid Spiritus dicat ecclesiis: Vincenti dabo manna absconditum et dabo illi calculum candidum, et in calculo nomen novum scriptu, quod nemo scit, nisi qui accipit".

 
"El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere le daré del maná escondido y le daré también una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe".

 
Apocalipsis 2, 17.

 
"Dios aprieta, pero no ahoga" -es una gran verdad que sentencia nuestra más que milenaria sabiduría popular. En cada situación desagradable -empezando por las cotidianas- cabe ver una ocasión formidable para fortalecerse, a modo de entrenamiento vital.

 
¿De qué manera se piensa la gente que se adquieren las "virtudes"? Y cuando hablo de "virtudes", por favor, aparten de su pensamiento esas vulgares cristalizaciones que ya apenas dicen nada y que, tal vez por eso, hoy han venido a ser sustituidas por los "valores" (¡valores! La gran superstición de la humanidad contemporánea). En el curso del recorrido de esta palabra: "virtus, -utis", desde la viril Roma hasta el Renacimiento, la palabra se fue moralizando. Es por ello que, personalmente, me satisface el sentido que quiso devolverle Maquiavelo con su "virtù". Nietzsche también experimentaría, es obvio, cierta repulsión por esa degradación moralizante de la palabra "virtud".

 
Pero ni Maquiavelo ni Nietzsche recobraron el sentido metafísico del vocablo "virtud" (o, en su plural, virtudes), pues ambos son a-metafísicos. Para redescubrirlo habría que ir a la fuente. Podría culpársele al cristianismo de esta reducción moral de la palabra "virtud"; así lo hizo Maquiavelo implícitamente y, más tarde, Nietzsche haría explícita la acusación. Pero aunque muchos cristianos puedan haber sido cómplices de esa moralización del vocablo, hay que recordar que Dionisio Areopagita incluyó en las jerarquías celestes (en los coros angélicos) a las Virtudes, concretamente en la Jerarquía intermedia entre la Suprema (Querubines, Serafines y Tronos) y la Inferior (Principados, Arcángeles y Ángeles). Las Virtudes están por debajo de las Dominaciones y por encima de las Potestades. El Areopagita define las Virtudes que nos conciernen de esta manera:


"La denominación de santas "virtudes" alude a la fortaleza viril, inquebrantable en todo obrar, al modo de Dios. Firmeza que excluye toda pereza y molicie, mientras permanezca bajo la iluminación divina que les es dada, y firmemente levantada hacia Dios. Lejos de menospreciar por pereza el impulso divino, mira en derechura hacia la potencia supraesencial, fuente de toda fortaleza. En efecto, esta firmeza llega a ser, dentro de lo posible, verdadera imagen de la Potencia de que toma forma, y hacia la cual está firmemente orientada por ser ella la fuente de toda fortaleza. Al mismo tiempo transmite a sus inferiores el poder dinámico y divinizante" (Jerarquía Celeste, cap. VIII)

 
Claro, se nos dirá que en este caso, las "Virtudes" son sobrenaturales y suprahumanas, angélicas nada más y nada menos, pero el sentido metafísico está expresado aquí de una forma perfecta. Que a menudo se haya olvidado esto -que la virtud es una fuerza divina- ha llevado a la postre a entender las "virtudes" como una especie de acomodación a las costumbres concordantes con lo que la moral tradicional ha fijado: hombre virtuoso, mujer virtuosa en su sentido común. Pero, ¿y la fuerza dónde está? La mojigatería se viste de virtud, exige ser reconocida como excelencia, cuando tal vez no sea otra cosa que conformismo moral y solo moral. Así que, cuando yo hablo de "virtudes", hablo de "fuerzas viriles", logradas precisamente en la confrontación entre el hombre y lo que se le opone.

 
¿Y cómo adquirir esas "virtudes" en el sentido fuerte de la palabra que para mí es el ajustado, liberado de la moralina esterilizante? Podría decirse que, en principio, la virtud sólo se adquiere practicando y sonaría a doctrina aristotélica, todo lo escolastizada y aquinatizada que se quiera; y no faltaríamos a la verdad con ello. Pero hay situaciones que considero extraordinarias y en las que la adquisición se convierte en toda una cualificación. Esas virtudes -fuerzas potenciales y reales, fuerzas que dimanan de lo divino- se adquieren en y por los sacramentos, pero sólo puede barruntarse el efectivo apoderamiento de las mismas cuando los sacramentos recuperen en la Santa Iglesia su prestigio de Misterios (ver Disciplina del Arcano: Instrucción en los Santos Misterios.)

 
En ese sentido, otrora los Sacramentos conservaron su prestigio reservado para los iniciados y puestos a salvo de "perros" y "cerdos" (ver Disciplina Arcani: la didáctica del Divino Maestro). Cabe destacar el Sacramento del Bautismo que, en los primeros tiempos del cristianismo, era por la triple inmersión (con lo que la escenificación ritual permitía mejor comprender el sentido de muerte iniciática del Hombre Viejo para renacer posteriormente como Hombre Nuevo en Cristo.)

 
Cabe entender a través de la experiencia propia de nuestra vida personal que la vida es a modo de una iniciación continua: ni moralicemos ni psicologicemos Y, como iniciación que es, comprende en sí "pruebas" que incluso llevan a la "muerte iniciática" cuantas veces sea menester según la voluntad de Dios.

 
Estamos muy acomodados en estructuras visibles o invisibles que construimos para poder vivir desahogadamente (no queremos que Dios ahogue ni apriete): opiniones, actitudes, enfoques, postureos, convencionalismos, falsas imágenes de nosotros mismos para nosotros mismos y para los demás... Y, de sopetón, algo o alguien emerge en nuestra vida (y ese fenómeno: no por sí mismo, sino por la experiencia interior que hacemos de todo ello) nos lleva a replanteárnoslo todo. Aquel que éramos (el que sea) antes de vivenciar "eso" (lo que sea) ha dejado de ser: hemos muerto de alguna manera. Hemos tenido nuestra "muerte iniciática", pero si ha sido "iniciática" quiere decir que aquí estamos: morimos y hemos tenido una renacencia. Dios ha apretado, pero no nos ha ahogado.

 
La "muerte iniciática" está presente en todos los sistemas de iniciación de las más diversas religiones y pseudo-religiones (también lo está en la Iglesia Católica, aunque entreverada y más encubierta que en ninguna otra religión, por lo que apenas la percibe el cristiano medio). Claro es: la "muerte iniciática" no es la muerte real (ni tampoco un mero fingimiento de la muerte), pero la "muerte iniciática" entraña la destrucción de las viejas estructuras en las que estábamos acomodados, todo aquello con lo que nos identificábamos hasta esa morienda es aniquilado: con mucha probabilidad habíamos confundido lo esencial con lo accidental y, una vez muertos iniciáticamente, hemos renacido.

 
Toda prueba en la vida, desde la más nimia a la que puede constituir toda una "muerte iniciática", supone una cualificación así como una adquisición por vía ordinaria o extraordinaria de las virtudes-fuerza, las que nos hacen aptos para operar divinalmente en la realidad.


Y cuando hemos pasado la prueba, salvando las distancias podemos mirarnos como si fuésemos Jacob cuando luchó con el ángel de Dios (que, es curioso, oculta su nombre): al término de la prueba, como a Jacob se nos da un nombre nuevo. Poco importa lo que hayamos pasado (en nuestro místico rito de pasaje), lo que importa es haber vencido para obtener ese "nombre nuevo", como nos recuerda el Águila de Patmos en Apocalipsis:


"Al que venciere le daré del maná escondido y le daré también una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe."